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Andalucía y Yolanda

Casi acierto cuando me atreví a predecir el día 27 de abril que habría acuerdo en Andalucía. Me faltaron unos segundos para acertar: “A las 23,57 Podemos lo devuelve (cierto acuerdo) con los cambios y minutos más tarde IU dice que no han podido registrarlo”. La verdad es que no creí que llevasen tan lejos la osadía.

Digo cierto acuerdo, porque estamos ante dos acuerdos diferentes: el primero es el que se ha registrado y fue acordado por los seis partidos coaligados, aunque finalmente lo han suscrito sólo cuatro, IU, Más País, Verdes-EQUO e Iniciativa del Pueblo Andaluz; el segundo, el que no llegó a tiempo, fue negociado únicamente por Podemos e IU, que son ciertamente los dos socios más poderosos de la coalición.

Dicen las crónicas que la negociación bipartita estuvo centrada en asuntos poco santos, el dinero y el poder. Y aseguran las crónicas que hay diferencias sustanciales entre el primero y este segundo acuerdo parcial que no llegó a tiempo de inscribirse oficialmente. El cronista parece estar bien informado, pero es seguro que los asuntos complicados de la negociación no saldrán a la luz pública, donde sólo veremos que ha habido un acuerdo, al que Podemos llegó con retraso. El argumentario nos va a hablar de unidad, Por Andalucía, y de la mejor candidata, Inma Nieto. Lo demás, el fondo, lo esencial será relegado al olvido, cosa que tal vez se logre hasta el día 19 de junio, pero al día siguiente será imposible ocultar que la coalición ha nacido muerta.

El acuerdo (frustrado) de Andalucía nos deja muchas lecciones para aprender. La primera, que una coalición entre la sopa de letras de la izquierda es imposible. Y eso es así porque los principales partidos tienen una configuración leninista y no renuncian a imponer su hegemonía. Podemos lo ha puesto a la vista de forma descarnada en esta ocasión, aunque lo viene manifestando desde su origen. Izquierda Unida, en cuyo seno se ha sufrido desde el primer día la injerencia del PCE, tiene más experiencia y hasta es posible que alguna fracción esté dispuesta a renunciar para siempre a los afanes hegemónicos, pero no está libre de la contradicción interna original. Esta primera lección quizá nos esté anunciando el final de las coaliciones, incluida la de Unidas Podemos.

Si no puede haber coaliciones, solamente cabe la confluencia. La segunda lección andaluza muestra que esa confluencia no es posible con las propuestas de los partidos vigentes, sino desde algo externo. Quizá Yolanda Díaz pueda ser ese algo. Si, después del diálogo que inicie, lograse ofertar un espacio común, en el que se integrasen los partidos capaces de renunciar a sus logos y al reparto de dividendos, con un censo único, con primarias abiertas, con transparencia y libre de las cargas del pasado, si lograse ese espacio, cabría alguna esperanza.

Los actuales partidos no deberían tener nada que temer. Aún disponen de las elecciones regionales y municipales para demostrar que son los mejores con sus propios logos y con sus líderes. Hace poco lo pudieron demostrar en Castilla y León y, si no, preguntad a Soria ¡Ya! o a la Unión del Pueblo Leonés. El 19 de junio lo podrán demostrar en Andalucía las diversas denominaciones. Y todavía queda otra prueba antes de las elecciones generales, las municipales del año próximo, donde no puede haber más libertad ni más posibilidades.

Esto nos permite enlazar con una tercera lección de la (frustrada) coalición andaluza y es que bajo la idea de confluencia, cada territorio debe gozar de autonomía. No tiene lógica que la organización estatal decida en la región o la organización regional lo haga en lo local. Esta autonomía territorial es una de las pruebas del espíritu de confluencia, donde no tienen cabida los particularismos de las siglas y, menos aún, los afanes hegemónicos. La experiencia nos indica, además, que cuando se cede autonomía local a la organización regional o estatal, lo único que resulta es el fracaso. Preguntad, si no, a Valladolid Toma La Palabra.

Marcelino Flórez

En Francia, tampoco

En España pudimos ver hace un año con motivo de las elecciones madrileñas que el antifascismo no era un elemento movilizador. Acabamos de ver en Castilla y León que el miedo a la extrema derecha ya no moviliza. En Francia, esa misma extrema derecha no sólo no atemoriza, sino que acaba de recibir el 41,5 por 100 de los votos, situándose en los aledaños del poder. Es verdad que ha vuelto a ganar Macron, pero con un margen ya muy estrecho. Y veremos qué pasa en las legislativas dentro de unas semanas.

Además de ese hecho objetivo, En Francia, como en España, asistimos a la decadencia de los partidos políticos tradicionales: comunistas, socialistas, republicanos gaullistas han desaparecido del mapa francés. Entre nosotros, socialistas y populares continúan siendo hegemónicos, pero ven reducirse considerablemente su espacio con la presencia de nuevas fuerzas políticas.

En el mes de junio será el examen. Los franceses con las legislativas y los españoles en Andalucía dirán cuáles son sus opciones políticas. En Francia, la incógnita principal es cuánto espacio político terminará ocupando la extrema derecha y si fagocitará definitivamente a la derecha gaullista. En cuanto a la Francia Insumisa de Mèlenchon, el examen dirá si merece la confianza de los votantes otrora socialistas y verdes o si el voto regresa a sus espacios originales. Como no se vislumbran cambios estratégicos en los partidos franceses, el resultado se presenta muy abierto, creo yo.

En Andalucía sólo queda una incógnita por dilucidar y es una incógnita estratégica: qué pasará con la izquierda alternativa. A día de hoy, es bastante probable que compitan dos fuerzas en ese espacio, Adelante Andalucía y la coalición que se genere en torno a Unidas Podemos. La intriga se mantiene sobre esta coalición, donde hay dos posiciones muy enfrentadas, la de Podemos y la Más País.

En el último acuerdo hasta hoy alcanzado, parece que Podemos transigiría en lo que se refiere al nombre de la coalición y podría aceptar el de “Por Andalucía”, la marca blanca que propone Más País. Si a Podemos le cuesta renunciar al nombre, más le cuesta renunciar al candidato y a las candidaturas. Ahí es donde está estancado el acuerdo.

Podría parecer una cuestión de personalismos, pero realmente es una cuestión de estrategia política esencial. Lo que se dilucida es la concepción del partido y la propuesta programática. Podemos defiende la forma de partido marxista que ha configurado; Más País piensa en un partido-movimiento, abierto y transversal. Es el mismo conflicto que hubo en Vistalegre II, que terminó en ruptura.

En cuanto al programa, será más fácil el acuerdo, pero las diferencias se mostrarán en las tácticas. Podemos seguirá fiel a su antifascismo y enfocará la campaña en la confrontación con VOX, mientras que Más País pensará en lo concreto, la ecología, el feminismo, la equidad social. Dependiendo de quien domine finalmente, veremos una campaña u otra.

Paradójicamente, Izquierda Unida, que ha anudado su futuro a Podemos indisolublemente, será quien ejerza de mediador en Andalucía y lo podrá hacer porque es la fuerza política más relevante de ese espacio ideológico en el territorio andaluz y, sobre todo, porque del resultado de los acuerdos en Andalucía depende el futuro de la propuesta de Yolanda Díaz.

Por eso, me atrevo a predecir que habrá acuerdo en este espacio político andaluz y el acuerdo alcanzará al nombre, Por Andalucía, a la candidatura, que será abierta y poco partidista, y al mensaje, que ofrecerá alternativas y no confrontaciones. Nada de frentes. La única duda que mantengo es si la propuesta final logrará invitar a Adelante Andalucía a repensar su posición. Mucho me temo que los recientes agravios y su natural postura de confrontación anticapitalista y antifascista sean difíciles de remover.

Marcelino Flórez

Unidad (de la izquierda) en Andalucía

31 de marzo de 2022 06:00h

La prensa recoge la noticia del día 28 de marzo sobre un acuerdo de unidad de parte de la izquierda de Andalucía. Además del PSOE, existen tres grupos diferenciados en la izquierda andaluza: Unidas Podemos, Adelante Andalucía y Andaluces Levantaos. Dejamos a un lado Adelante Andalucía, formada estrictamente por los anticapitalistas, bajo la dirección de Teresa Rodríguez, que se ha excluido de la construcción de la unidad, y analizamos a los otros dos grupos y la decisión tomada.

Unidas Podemos es una coalición formada por IU, Podemos y Alianza Verde. Este último partido es ficticio, creado expresamente para pintar de verde a Podemos, una vez que Juanxo López-Uralde tuvo que abandonar EQUO, después de no obedecer al resultado de un referéndum interno sobre la investidura de la presidencia de gobierno. Las otras dos fuerzas de esta coalición probablemente estén muy igualadas en Andalucía y, en todo caso, tienen unido su destino, como en el resto de España, por lo que terminarán actuando al unísono.

Andaluces Levantaos es una coalición formada por Más País, Verdes-EQUO y dos pequeños partidos andalucistas, Iniciativa del Pueblo Andaluz y Andalucía por Sí. Aquí, la representación principal en el territorio corresponde a los pequeños partidos andalucistas, que tienen varios concejales, pero la fuerza política está en Más País, por sus referencias en el Estado principalmente.

La nueva unidad andaluza tiene que amalgamar esas dos coaliciones, que, si por algo se caracterizan, es por sus diferencias, de donde han resultado las rupturas y divisiones que ahora pueblan el paisaje. Lo más característico de esta amalgama, creo yo, es la mutua desconfianza entre los confluyentes. La tarea, por tanto, será construir confianza, si se quiere avanzar.

Con las lecciones que ya llevamos aprendidas, la confianza no se podrá generar si no se concreta en estructuras y en estrategias. En el punto en que estamos, no valen medias tintas. Y son las estructuras y las estrategias las que están verdes aún. Por eso, hasta ahora, sólo hay un acuerdo, confeccionar el programa; y dos sonoros desacuerdos, el candidato o candidata y el nombre de la nueva formación.

Bajo los términos en que se han visibilizado oficialmente el acuerdo y los desacuerdos, se oculta un asunto esencial de estructura: determinar si se formará una coalición o una confluencia. Me atrevería a poner la mano en el fuego sobre la imposibilidad de formar una coalición. Primero, porque sería muy desigual y cada partido trataría de imponer su hegemonía, de lo que resultaría una jerarquización, que se concretaría en los puestos a ocupar en las listas. Como todos exigirían, además, que figurase su nombre, la sopa de letras sería tan espesa que no sería digerible. No creo, por otra parte, que Más País aceptase esa coalición de coaliciones, porque choca frontalmente con su estrategia de abandonar el rincón de la izquierda y sus pompas y sus obras, o sea, sus siglas. Por cierto, en esa estrategia coincide con Yolanda Díaz, por lo que la vía de la coalición de coaliciones terminará descartada, aunque sea con mucho dolor de Unidas Podemos.

Si no hay coalición, tendrá que haber confluencia. Y aquí están los desacuerdos. Por eso, no hay nombre y no hay candidatura. De todos modos, no veo problema formal en alcanzar un acuerdo para el nombre y tampoco para la candidatura. El problema será definir orgánicamente esa estructura: ¿será un partido, será una agrupación de electores, cómo se formará el censo, quién gestionará las finanzas, qué papel jugará la asamblea, que tipo de dirección se establecerá, tendrá su propia sede? Seguro que la discusión está centrada aquí, porque es ahí donde se dilucida el grado de autonomía de la confluencia. La experiencia nos ha enseñado que, si no hay autonomía, sólo hay dependencia del partido o de los partidos hegemónicos, y ese es un camino ya recorrido y con final en el abismo. Por esto, es muy interesante lo que está ocurriendo en Andalucía, de donde resultará un nuevo modelo político o seguiremos con más de lo mismo, es decir, en el abismo.

Marcelino Flórez Miguel es socio de infoLibre

Dudas pacifistas

En 1986 participé de las movilizaciones en contra de la entrada de España en la OTAN. Lo hice en nombre de la paz, de una negación plena de la guerra. De ahí se deducía la disposición a una resistencia no violenta ante la agresión. La actual invasión de Ucrania me sitúa ante el espejo de 1986 y me provoca no pocas contradicciones.

Para mí, hay un hecho evidente: Rusia ha iniciado una invasión y una guerra en Ucrania que no es justificable de ninguna manera. Ucrania ha decidido resistir a la invasión y no someterse, lo que constituye un derecho universalmente reconocido. No tengo ninguna duda acerca de qué lado está la justicia.

Escucho muchas explicaciones de la agresión rusa y todas se sitúan en la realpolitik y en el pensamiento geopolítico: si Rusia se siente temerosa del avance la OTAN hacia sus fronteras; si todo está fundado en intereses económicos en relación con las energías fósiles. Los más osados afirman, aunque no aportan pruebas, que todo se debe a los vendedores de armas, últimos beneficiados de la guerra. Todas esas “explicaciones” sólo sirven, en mi perspectiva, para terminar justificando el único hecho cierto y probado: Rusia ha invadido y está destruyendo Ucrania, cuyos habitantes resisten.

Y es ante el hecho de la resistencia donde surgen las dudas. Nada tengo que objetar a ninguna de las medidas de apoyo no violento: acogimiento de personas refugiadas, envío de medicinas, de alimentos, de ropa de abrigo. Nada, incluso, que objetar a las sanciones económicas, sea cual sea el perjuicio que me causen y las renuncias que tenga que hacer en mi confortable bienestar. El problema surge con las armas: ¿es legítimo apoyar a la resistencia mediante el envío de armas? Aquí no me valen las excusas: si las armas prolongarán el conflicto y, por tanto, el sufrimiento; si terminarán en manos de bandidos cuando finalice la guerra; o argumentos similares. Los resistentes ucranianos relaman armas y los gobiernos y las personas han de dar una respuesta.

Comenzaré con mi respuesta personal. He conseguido que mis ahorros no se utilicen en la producción ni en el comercio de armas, para lo que me esforcé por contribuir a crear un banco ético. Aún podría hacer uso particular de mi dinero, aunque hasta el momento no he recibido ninguna propuesta de donación o préstamo con ese fin. Ni Cruz Roja, ni ACNUR, ni Amnistía Internacional, ni otras asociaciones solidarias me han solicitado dinero con ese fin específico, de modo que hasta ahora no me he visto en la necesidad de tomar decisiones personales al respecto. Además, me parece bien que ninguna entidad privada, por muy comunitaria que sea, pida dinero para armas. No es su tarea.

Pero formo parte de un Estado y de una asociación de Estados, que sí ha recibido la solicitud de enviar armas y ha decidido hacerlo, aunque no sé si donadas o vendidas, lo que, para el caso, me da lo mismo. Pues bien, yo, que me gustaría ser pacifista, que tengo mis ahorros en un banco ético, que me garantiza que no se usa el dinero para nada relacionado con la guerra, que soy socio de Cruz Roja, de ACNUR, de Amnistía Internacional, de Greenpeace, de Entrepueblos y de otras organizaciones solidarias, yo, que me gustaría ver resueltos los conflictos por vía diplomática y sin guerra, apoyo públicamente la decisión de mi gobierno de enviar armas a los resistentes ucranianos, sea en forma de venta o de donación, porque de ese lado está el derecho y la justicia.

No sé si esta postura me desalojará de los círculos pacifistas, pero no puedo dejar de recordar al Comité de No Intervención en la Guerra de España de 1936, “una lanza extranjera en el costado de la España leal”, como lo calificó el 5 de marzo de 1938 The Mancherter Guardian. No enviar armas es también una postura, evidentemente, y tiene sus beneficiarios.

Marcelino Flórez

Lecciones de Castilla y León para la izquierda

Una de las personas más representativas de Izquierda Unida en Castilla y León ha calificado de “mazazo” el resultado electoral obtenido por Unidas Podemos. Esto nos evita tener que discutir sobre el resultado, que es un fracaso objetivo, aunque deberían añadirse algunos matices. El resultado del 13F es tendencia, viene de lejos, y, en esta ocasión, se ha producido con “unidad de la izquierda”. Nadie competía con Unidas Podemos en ese espacio electoral y los que podíamos estar en desacuerdo nos mantuvimos callados durante toda la campaña electoral.

La discusión está en las causas. Y aquí no cabe ampararse en el “mal de muchos”, afirmando que la desmovilización es general en la sociedad, porque ya nos ha enseñado la sabiduría popular que eso es “consuelo de tontos”. Hemos comprobado una vez más, ya lo vimos en Madrid, que el miedo no atrae y cifrar una campaña en el rechazo a la ultraderecha sirve, como mucho, para fortalecer a esa ultraderecha, pero no para movilizar a los propios. Tampoco atrae mucho la crítica a la otra mitad del gobierno de coalición. Al contrario, es una de las vías más desmovilizadoras, como venimos comprobando día tras día. Hemos escuchado al máximo dirigente regional de Podemos culpar al sistema electoral de los resultados, pero eso en las provincias más pobladas, donde el voto es prácticamente proporcional si se alcanza el 5 por 100, no sirve de excusa, porque es una mera falacia.

Más explicativo me parece, en cambio, el programa y, si “no ha dado tiempo” a confeccionarlo, esa sí puede ser una buena razón para explicar los resultados. Como también los explica la falta de implantación en el territorio. Mirad, si no, el resultado de ‘Soria ¡Ya!’. Y hay un factor determinante, que los dirigentes ocultan afanosamente: la actuación del centralismo democrático. Las candidaturas han sido elaboradas por el vértice, sin participación, y asignando las cabeceras no a personas conocidas o esforzadas en sus tareas, sino a forasteros extraños, un leonés para Valladolid, un palentino para Burgos. La gente con alguna conciencia crítica -y esa es una peculiaridad del votante de izquierdas- ya no soporta esta estructura política del pasado siglo XX. Sin programa participado, sin implantación territorial y con centralismo democrático, no creo que sea necesario buscar más explicaciones. El problema es querer verlo o no.

Todas las esperanzas ahora están depositadas en Yolanda Díaz, que acaba de anunciar que inicia la escucha al movimiento social por toda España. Yolanda apenas ha pisado Castilla y León durante la campaña, sólo pasó una mañana por un pueblo de Valladolid. La excusa era la reforma laboral, pero la causa era otra, como ponen de manifiesto sus declaraciones: nada de “frentes”, nada de “unidad de la izquierda”, sino apertura a toda la sociedad, transversalidad. Exactamente lo contrario a Vistalegre II y a su concreción en Castilla y León. ¿Qué hará, entonces, Unidas Podemos, se disolverá, regresará, al menos, a sus cuarteles de invierno? La credibilidad de la propuesta de Yolanda Díaz, sea cual sea, está directamente relacionada con esa pregunta. Eso, sin olvidar que ya existe Más País.

(Hoy lo publica infoLibre)

Marcelino Flórez