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Fin de la sopa de letras

Acaba de producirse el enésimo mazazo electoral para la izquierda y continúa la misma excusa para explicarlo: los culpables siempre son los otros, bajo la forma del mantra de la unidad de la izquierda, del voto del miedo, de la falta de tiempo, de la actitud abstencionista o pasota de la ciudadanía. Cualquier cosa con tal de no tener que reconocer que la culpa está dentro. Esta vez, a las excusas se ha unido el silencio oficial: no se reúnen los órganos ejecutivos y no se da una explicación oficial. Es difícil ofrecer una imagen más deplorable. Queda certificado que las sopas de letras no suman (https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/elecciones-espectro-unidad_1_1262890.html), los frentes no suman, las izquierdas unidas no suman. Punto.

La esperanza sigue siendo Yolanda Díaz, a quien la exposición mediática ha concedido un liderazgo indiscutible. Las circunstancias no han sido favorables en los últimos tiempos y terminó implicándose más de lo necesario, creo yo, en Andalucía, pero no está todo perdido.

Necesitamos una nueva formación política estatal, que se diferencie con nitidez de los frentes amplios hasta ahora ensayados. Además de la líder, tenemos algunos principios y valores compartidos: la ecología política, el feminismo, la solidaridad social, una política de cuidados, la defensa de los derechos humanos ya declarados. Hay suficiente bagaje para elaborar programas transformadores. Pero lo que nazca tiene que ser nuevo, sin aglutinación de siglas, nuevo en imagen y en organización: asambleario, pero con dirección eficaz, descentralizado territorialmente con base en las provincias, con elecciones primarias, con programas debatidos, con censo autónomo y sedes propias. El “proceso de escucha” puede ir construyendo ese nuevo espacio, es suficiente con elaborar un censo en cada territorio a medida que se recorre.

¿Que se pide a los partidos existentes? Basta con que se pongan al servicio de la líder y de su equipo, que sumen personas, no siglas. En ningún caso podrán pensar en reservarse una cuota de poder, de representación, en que lo nuevo sea su fuente de financiación. Y si no les gusta la opción, que sigan con sus siglas y con sus proyectos y con sus liderazgos, pero que dejen de marearnos con el mantra de la unidad de la izquierda.

Lo nuevo tiene que ser federal, con aliados en todas las Comunidades, aliados autónomos, que deciden libremente en lo que respecta a su territorio. Pueden tener nombres distintos, organizaciones distintas, donde la única condición federal sea aceptar un censo común para el Estado y no competir en las elecciones generales.

La federación tiene que llevar la descentralización hasta los municipios. Debe garantizarse también la autonomía organizativa municipal, con la sola condición de no competir en las elecciones autonómicas y generales.

Lo nuevo estará a medio camino entre el movimiento y el partido, muy abierto para acoger a cuantas personas lo deseen, aunque muy eficaz en la gestión; donde domine el consenso y no las mayorías, pues sin esa mínima generosidad de partida no hay novedad; algunas cosas tendrán prioridad y no podrán pactarse, como es la protección de la naturaleza, el cuidado de las personas, lo que incluye la salud y la educación universales, los derechos humanos consensuados en la Declaración Universal y pocas cosas más. Por razones éticas y estéticas, las personas dirigentes que no tengan un comportamiento acorde con los valores básicos que se enuncien serán desplazadas de la dirección, siempre con las debidas garantías de equidad y justicia. Lo nuevo tiene que diferenciarse claramente de lo viejo. De otro modo, no hay camino y a la vista está.

Andalucía y Yolanda

Casi acierto cuando me atreví a predecir el día 27 de abril que habría acuerdo en Andalucía. Me faltaron unos segundos para acertar: “A las 23,57 Podemos lo devuelve (cierto acuerdo) con los cambios y minutos más tarde IU dice que no han podido registrarlo”. La verdad es que no creí que llevasen tan lejos la osadía.

Digo cierto acuerdo, porque estamos ante dos acuerdos diferentes: el primero es el que se ha registrado y fue acordado por los seis partidos coaligados, aunque finalmente lo han suscrito sólo cuatro, IU, Más País, Verdes-EQUO e Iniciativa del Pueblo Andaluz; el segundo, el que no llegó a tiempo, fue negociado únicamente por Podemos e IU, que son ciertamente los dos socios más poderosos de la coalición.

Dicen las crónicas que la negociación bipartita estuvo centrada en asuntos poco santos, el dinero y el poder. Y aseguran las crónicas que hay diferencias sustanciales entre el primero y este segundo acuerdo parcial que no llegó a tiempo de inscribirse oficialmente. El cronista parece estar bien informado, pero es seguro que los asuntos complicados de la negociación no saldrán a la luz pública, donde sólo veremos que ha habido un acuerdo, al que Podemos llegó con retraso. El argumentario nos va a hablar de unidad, Por Andalucía, y de la mejor candidata, Inma Nieto. Lo demás, el fondo, lo esencial será relegado al olvido, cosa que tal vez se logre hasta el día 19 de junio, pero al día siguiente será imposible ocultar que la coalición ha nacido muerta.

El acuerdo (frustrado) de Andalucía nos deja muchas lecciones para aprender. La primera, que una coalición entre la sopa de letras de la izquierda es imposible. Y eso es así porque los principales partidos tienen una configuración leninista y no renuncian a imponer su hegemonía. Podemos lo ha puesto a la vista de forma descarnada en esta ocasión, aunque lo viene manifestando desde su origen. Izquierda Unida, en cuyo seno se ha sufrido desde el primer día la injerencia del PCE, tiene más experiencia y hasta es posible que alguna fracción esté dispuesta a renunciar para siempre a los afanes hegemónicos, pero no está libre de la contradicción interna original. Esta primera lección quizá nos esté anunciando el final de las coaliciones, incluida la de Unidas Podemos.

Si no puede haber coaliciones, solamente cabe la confluencia. La segunda lección andaluza muestra que esa confluencia no es posible con las propuestas de los partidos vigentes, sino desde algo externo. Quizá Yolanda Díaz pueda ser ese algo. Si, después del diálogo que inicie, lograse ofertar un espacio común, en el que se integrasen los partidos capaces de renunciar a sus logos y al reparto de dividendos, con un censo único, con primarias abiertas, con transparencia y libre de las cargas del pasado, si lograse ese espacio, cabría alguna esperanza.

Los actuales partidos no deberían tener nada que temer. Aún disponen de las elecciones regionales y municipales para demostrar que son los mejores con sus propios logos y con sus líderes. Hace poco lo pudieron demostrar en Castilla y León y, si no, preguntad a Soria ¡Ya! o a la Unión del Pueblo Leonés. El 19 de junio lo podrán demostrar en Andalucía las diversas denominaciones. Y todavía queda otra prueba antes de las elecciones generales, las municipales del año próximo, donde no puede haber más libertad ni más posibilidades.

Esto nos permite enlazar con una tercera lección de la (frustrada) coalición andaluza y es que bajo la idea de confluencia, cada territorio debe gozar de autonomía. No tiene lógica que la organización estatal decida en la región o la organización regional lo haga en lo local. Esta autonomía territorial es una de las pruebas del espíritu de confluencia, donde no tienen cabida los particularismos de las siglas y, menos aún, los afanes hegemónicos. La experiencia nos indica, además, que cuando se cede autonomía local a la organización regional o estatal, lo único que resulta es el fracaso. Preguntad, si no, a Valladolid Toma La Palabra.

Marcelino Flórez

En Francia, tampoco

En España pudimos ver hace un año con motivo de las elecciones madrileñas que el antifascismo no era un elemento movilizador. Acabamos de ver en Castilla y León que el miedo a la extrema derecha ya no moviliza. En Francia, esa misma extrema derecha no sólo no atemoriza, sino que acaba de recibir el 41,5 por 100 de los votos, situándose en los aledaños del poder. Es verdad que ha vuelto a ganar Macron, pero con un margen ya muy estrecho. Y veremos qué pasa en las legislativas dentro de unas semanas.

Además de ese hecho objetivo, En Francia, como en España, asistimos a la decadencia de los partidos políticos tradicionales: comunistas, socialistas, republicanos gaullistas han desaparecido del mapa francés. Entre nosotros, socialistas y populares continúan siendo hegemónicos, pero ven reducirse considerablemente su espacio con la presencia de nuevas fuerzas políticas.

En el mes de junio será el examen. Los franceses con las legislativas y los españoles en Andalucía dirán cuáles son sus opciones políticas. En Francia, la incógnita principal es cuánto espacio político terminará ocupando la extrema derecha y si fagocitará definitivamente a la derecha gaullista. En cuanto a la Francia Insumisa de Mèlenchon, el examen dirá si merece la confianza de los votantes otrora socialistas y verdes o si el voto regresa a sus espacios originales. Como no se vislumbran cambios estratégicos en los partidos franceses, el resultado se presenta muy abierto, creo yo.

En Andalucía sólo queda una incógnita por dilucidar y es una incógnita estratégica: qué pasará con la izquierda alternativa. A día de hoy, es bastante probable que compitan dos fuerzas en ese espacio, Adelante Andalucía y la coalición que se genere en torno a Unidas Podemos. La intriga se mantiene sobre esta coalición, donde hay dos posiciones muy enfrentadas, la de Podemos y la Más País.

En el último acuerdo hasta hoy alcanzado, parece que Podemos transigiría en lo que se refiere al nombre de la coalición y podría aceptar el de “Por Andalucía”, la marca blanca que propone Más País. Si a Podemos le cuesta renunciar al nombre, más le cuesta renunciar al candidato y a las candidaturas. Ahí es donde está estancado el acuerdo.

Podría parecer una cuestión de personalismos, pero realmente es una cuestión de estrategia política esencial. Lo que se dilucida es la concepción del partido y la propuesta programática. Podemos defiende la forma de partido marxista que ha configurado; Más País piensa en un partido-movimiento, abierto y transversal. Es el mismo conflicto que hubo en Vistalegre II, que terminó en ruptura.

En cuanto al programa, será más fácil el acuerdo, pero las diferencias se mostrarán en las tácticas. Podemos seguirá fiel a su antifascismo y enfocará la campaña en la confrontación con VOX, mientras que Más País pensará en lo concreto, la ecología, el feminismo, la equidad social. Dependiendo de quien domine finalmente, veremos una campaña u otra.

Paradójicamente, Izquierda Unida, que ha anudado su futuro a Podemos indisolublemente, será quien ejerza de mediador en Andalucía y lo podrá hacer porque es la fuerza política más relevante de ese espacio ideológico en el territorio andaluz y, sobre todo, porque del resultado de los acuerdos en Andalucía depende el futuro de la propuesta de Yolanda Díaz.

Por eso, me atrevo a predecir que habrá acuerdo en este espacio político andaluz y el acuerdo alcanzará al nombre, Por Andalucía, a la candidatura, que será abierta y poco partidista, y al mensaje, que ofrecerá alternativas y no confrontaciones. Nada de frentes. La única duda que mantengo es si la propuesta final logrará invitar a Adelante Andalucía a repensar su posición. Mucho me temo que los recientes agravios y su natural postura de confrontación anticapitalista y antifascista sean difíciles de remover.

Marcelino Flórez

Unidad (de la izquierda) en Andalucía

31 de marzo de 2022 06:00h

La prensa recoge la noticia del día 28 de marzo sobre un acuerdo de unidad de parte de la izquierda de Andalucía. Además del PSOE, existen tres grupos diferenciados en la izquierda andaluza: Unidas Podemos, Adelante Andalucía y Andaluces Levantaos. Dejamos a un lado Adelante Andalucía, formada estrictamente por los anticapitalistas, bajo la dirección de Teresa Rodríguez, que se ha excluido de la construcción de la unidad, y analizamos a los otros dos grupos y la decisión tomada.

Unidas Podemos es una coalición formada por IU, Podemos y Alianza Verde. Este último partido es ficticio, creado expresamente para pintar de verde a Podemos, una vez que Juanxo López-Uralde tuvo que abandonar EQUO, después de no obedecer al resultado de un referéndum interno sobre la investidura de la presidencia de gobierno. Las otras dos fuerzas de esta coalición probablemente estén muy igualadas en Andalucía y, en todo caso, tienen unido su destino, como en el resto de España, por lo que terminarán actuando al unísono.

Andaluces Levantaos es una coalición formada por Más País, Verdes-EQUO y dos pequeños partidos andalucistas, Iniciativa del Pueblo Andaluz y Andalucía por Sí. Aquí, la representación principal en el territorio corresponde a los pequeños partidos andalucistas, que tienen varios concejales, pero la fuerza política está en Más País, por sus referencias en el Estado principalmente.

La nueva unidad andaluza tiene que amalgamar esas dos coaliciones, que, si por algo se caracterizan, es por sus diferencias, de donde han resultado las rupturas y divisiones que ahora pueblan el paisaje. Lo más característico de esta amalgama, creo yo, es la mutua desconfianza entre los confluyentes. La tarea, por tanto, será construir confianza, si se quiere avanzar.

Con las lecciones que ya llevamos aprendidas, la confianza no se podrá generar si no se concreta en estructuras y en estrategias. En el punto en que estamos, no valen medias tintas. Y son las estructuras y las estrategias las que están verdes aún. Por eso, hasta ahora, sólo hay un acuerdo, confeccionar el programa; y dos sonoros desacuerdos, el candidato o candidata y el nombre de la nueva formación.

Bajo los términos en que se han visibilizado oficialmente el acuerdo y los desacuerdos, se oculta un asunto esencial de estructura: determinar si se formará una coalición o una confluencia. Me atrevería a poner la mano en el fuego sobre la imposibilidad de formar una coalición. Primero, porque sería muy desigual y cada partido trataría de imponer su hegemonía, de lo que resultaría una jerarquización, que se concretaría en los puestos a ocupar en las listas. Como todos exigirían, además, que figurase su nombre, la sopa de letras sería tan espesa que no sería digerible. No creo, por otra parte, que Más País aceptase esa coalición de coaliciones, porque choca frontalmente con su estrategia de abandonar el rincón de la izquierda y sus pompas y sus obras, o sea, sus siglas. Por cierto, en esa estrategia coincide con Yolanda Díaz, por lo que la vía de la coalición de coaliciones terminará descartada, aunque sea con mucho dolor de Unidas Podemos.

Si no hay coalición, tendrá que haber confluencia. Y aquí están los desacuerdos. Por eso, no hay nombre y no hay candidatura. De todos modos, no veo problema formal en alcanzar un acuerdo para el nombre y tampoco para la candidatura. El problema será definir orgánicamente esa estructura: ¿será un partido, será una agrupación de electores, cómo se formará el censo, quién gestionará las finanzas, qué papel jugará la asamblea, que tipo de dirección se establecerá, tendrá su propia sede? Seguro que la discusión está centrada aquí, porque es ahí donde se dilucida el grado de autonomía de la confluencia. La experiencia nos ha enseñado que, si no hay autonomía, sólo hay dependencia del partido o de los partidos hegemónicos, y ese es un camino ya recorrido y con final en el abismo. Por esto, es muy interesante lo que está ocurriendo en Andalucía, de donde resultará un nuevo modelo político o seguiremos con más de lo mismo, es decir, en el abismo.

Marcelino Flórez Miguel es socio de infoLibre

Unidad, ¿de quién?

La reunión de Valencia del 13 de noviembre, convocada por Mónica Oltra y protagonizada por Yolanda Díaz, ha vuelto a poner sobre la mesa el mantra de la unidad. La cosa es que en Valencia no se ha fijado de quién haya de ser esa unidad. Y no es sólo la notable ausencia de Irene Montero o de Ione Belarra. Tampoco estaba Teresa Rodríguez, una de las mujeres más representativas de los anticapitalistas. Cierto que Yolanda Díaz ha hecho un planteamiento muy transversal, aunque, por ahora, excesivamente impreciso. No querría yo perder la esperanza de un cambio, pero me vienen a la mente algunos problemas que aparecerán en el camino.

Lo primero que hay que advertir es que Izquierda Unida y Podemos tienen unido inexorablemente su destino. Podemos ya no es nada sin Unidas Podemos e Izquierda Unida no es nada sin Podemos. La unión es fuerte, pues no sólo es el presente real o el futuro inevitable, sino que se fundamenta también en el pasado, como quedó sellado en el abrazo con llanto de Pablo Iglesias y Julio Anguita en junio de 2016 o en el “pacto de los botellines”.

Y hay algunos problemas, no sólo por el presente, bien nutrido de conflictos internos, sino especialmente por el pasado. Con motivo del reciente centenario de la fundación del PCE, hemos podido leer estos días alguna opinión de destacados militantes o personas próximas al partido. Dice Sartorius en El País del día 14 de noviembre, para explicar la crisis del PCE en los inicios de la democracia, que el partido tuvo serias dificultades para “normalizar la discrepancia”, una forma bonita o eufemística de referirse al leninista principio del centralismo democrático. Y el día anterior en elDiario.es, en un artículo que titulaba Comunistas, explica su salida del PCE y de IU, “al separarse ambos de la línea proeuropea”. Pero concreta mucho más la discrepancia en el artículo de El País: “la oposición al euro; la propuesta de un proceso constituyente hacia la república; la reivindicación del derecho de autodeterminación; la “teoría de las dos orillas” fueron, en mi opinión, planteamientos erróneos”. Aquellas dificultades y estos planteamientos siguen vivos.

Todas las voces que nos llegan desde Unidas Podemos, desde que Felipe Alcaraz lanzara el pasado agosto la iniciativa de construir un frente amplio, insisten en crear un Frente de Izquierdas; por ejemplo, Carlos Guzmán, nuevo coordinador de IU en Navarra, hablaba en el Diario de Navarra del día 19 de octubre de construir un “frente amplio de izquierdas (para) disputar la hegemonía política al PSN”. Las “dos orillas” o, como se decían antes, la clase contra clase sigue siendo la estrategia. No discutiré la lógica de esa postura, que muy posiblemente pudiera servir para aglutinar todo lo que se posiciona a la izquierda del PSOE, pero ya nos ha demostrado la sociología electoral hasta la saciedad que ese conjunto tiene mucha dificultad para sobrepasar el 5 por 100 de los votos. No sé si con eso se podrá “disputar la hegemonía política” a los socialistas.

La palabra Frente tiene, además, muchas connotaciones precisas del pasado. Nos conduce a febrero de 1936 y a la belicosidad que caracterizaba aquel momento. De hecho, muchas voces que claman por la unidad esgrimen como principal razón la de cortar el paso a la extrema derecha. Vaya, calcado de 1936. Sin duda, se reclamará eso con un despliegue abundante de banderas tricolores. ¿Cuesta tanto entender que este lastre es tan pesado que hará insoportable su peso, como ha sugerido Sartorius? Pues ahí estamos.

El Frente me recuerda, por otra parte, lo que Joan Coscubiela ha calificado en El País del 29 de octubre de este año de partido matrioska, donde “la muñeca exterior, que se legitima electoralmente ante la ciudadanía, contiene en su interior otra muñeca parecida que, a la vez, encierra otra más pequeña aún que se arroga la función de marcar el paso a todas las demás”. Y Sato Díaz, en Público, lo especificaba así el día 27 de noviembre: “Un militante del PCE lo es, al mismo tiempo… de IU (organización en la que está incluida el partido, de la cual es el partido mayoritario, pero en la que hay un gran número de independientes que superan a los militantes del PCE); de Unidas Podemos (coalición formada por Podemos, IU, Alianza Verde y los comunes catalanes, principalmente); y del nuevo Frente Amplio (o como se llame lo que acabe liderando Díaz)”. El dirigente navarro de IU lo dejó también muy claro: el frente amplio se construirá sobre “los cimientos de Unidas Podemos” y precisa “con la misma alegría, ilusión y generosidad con la que nació Izquierda Unida en 1986”. La muñeca está perfectamente cerrada.

Nada de esto ha sido propuesto por Yolanda Díaz, que se ha limitado a alabar el diálogo y hacer una vaga referencia a “otras políticas”. Valencia puede ser el inicio de un camino. Si ese camino se dirige a un “frente de izquierdas”, no lo podrá recorrer con una buena parte de la población, definitivamente desengañada de las matrioskas. Pero si el camino busca la transversalidad, la confluencia de las diferencias, los cuidados de las personas, la defensa de la naturaleza, lo que nos preocupa cada día más allá de dos orillas o de lucha de clases y de banderas tricolores, ¿qué va a hacer, entonces, Unidas Podemos? ¿Se disolverá como un azucarillo en el agua o seguirá en la dinámica de las matrioskas? El mantra de la unidad se planteará en estos términos y ya hemos podido observar la intranquilidad que embarga a los protagonistas.

Marcelino Flórez